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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Capítulo 2 Parte 2


No obstante aquel no era el momento de pensar en eso ya que posiblemente había un depredador persiguiéndola, aunque no lo sabía porque no pensaba echar la vista atrás para comprobarlo, solo podía mirar hacia delante y preocuparse de correr y correr sin detenerse siquiera para respirar.
El bosque de pinos cada vez se hacia más espeso y los arbustos se adueñaban del suelo a cada paso, los árboles se retorcían y cambiaban de forma pero la muchacha no se percató hasta que ya fue demasiado tarde. Uno de los pies no tocó suelo y se hundió en un charco espeso, el otro lo secundó sin que Leire pudiera impedirlo, cayendo de bruces en el espeso cenagal de barro y agua turbia. La niña sacó la cabeza del charco, escupiendo agua y tosiendo con los ojos muy abiertos, asustada y desorientada. No le había dado tiempo a percatarse de cómo había acabado dentro de aquel pantano cuando se topó de morros con los ojos amarillentos de un puma salvaje que la miraba. El aliento se le congeló en la garganta y los músculos se le paralizaron mientras le mantenía la mirada al animal. El gran gato salvaje de pelaje negro como la noche y ojos amarillos verdosos se había visto sorprendido mientras bebía agua, por lo que la miraba con curiosidad y en una posición vigilante. Ella no se movió, temerosa de que sí lo hacía él le saltase encima devorándola de un solo bocado, pero no podía quedarse allí para siempre ya que tarde o temprano pasaría lo inevitable.
Leire dobló una de las rodillas con sumo cuidado y clavó el pie en el barro, el puma permaneció inmóvil por lo que decidió levantarse del todo y salir del agua. Mientras retrocedía, muy a poco a poco, el felino decidió avanzar e internarse en el agua, directo hacia Leire con los ojos muy fijos en ella.
Sentía como le picaba toda la cara del sudor, del agua, del barro y de los nervios, estaba convencida de que aquel bonito y mortal animal la había convertido en el primer plato de su dieta de aquella tarde. Puede que si paraba de moverse él hiciera lo mismo, o puede que se lo agradeciera y se la comiese con más facilidad... ¡¿cuál sería la mejor opción para salir de aquella con los miembros pegados al cuerpo?!

El puma, ágil y grácil, se acercaba a ella cada vez más y más. Cuando parecía que ya lo tenía encima, con las fauces abiertas dispuesto a darse el festín con ella, un chapoteo a la derecha de Leire hizo que tanto el animal como ella desviaran la mirada. De pronto, una mandíbula alargada y compuesta por un centenar de afilados dientes emergió de las ennegrecidas aguas para saltar sobre el puma y apresarle el cuello con bestialidad. El gruñido que profirió el felino hizo que la niña se pusiera en pie de un salto y, con el corazón aún más al borde del infarto que hacía unos segundos, retrocediera a trompicones sin dejar de observar como el gigantesco cocodrilo bailaba con el puma entre sus extremidades en aquella danza macabra.
Aquellos ojos brillantes que hacía apenas un minutos planeaban devorarla ahora la miraban con dolor y sufrimiento, Leire no podía seguir contemplando la escena tan inhumana y natural a la vez. El felino luchaba contra su fatal destino con todo lo que tenía y, aún así, se hundía cada vez más en las profundidades del pantano en aquel abrazo mortal.
Leire salió huyendo de la terrible escena por el mismo camino por el cual había venido, olvidándose por completo del oso plateado que la había hecho correr hacía el interior del bosque. No corrió más de cien metros cuando se detuvo.
-¿Qué está pasando?
Los pinos no estaban y en su lugar se alzaban árboles distintos de un verde intenso y flores de colores inimaginables, llamativas y que jamás había visto antes; no estaba en donde se suponía que debía estar, ¿no? Para la mente de aquella niña aquello era tan extraño como para cualquier persona del mundo, acababa de correr por aquel camino hacía unos instantes y ahora era completamente diferente. Era imposible.
-¿Y si me he dado un golpe en la cabeza durante la caída y estoy inconsciente? -se preguntaba en voz alta echando miradas nerviosas hacia todas partes- Tiene que ser eso, es un sueño.
Pero en realidad dudaba que lo fuera, los rasguños de sus rodillas y codos le decían que estaba bien despierta y que el escozor era bien real.
-Vale, hay que tranquilizarse y pensar.
Un aullido a lo lejos la hizo girarse de un bote hacia el interior de lo que parecía ser una jungla, porque de bosque leñoso ya no tenía nada aquel lugar. ¿También había lobos allí? Con el trote de carrera por aquí y carrera para allí, no se había dado cuenta de que la noche ya pronto llegaría, dejándola totalmente a oscuras y a merced de las salvajes y, en su mayoría, carnívoras bestias. Tenía que encontrar el camino de vuelta a casa o la forma de despertarse de la pesadilla, si es que estaba dormida.
Caminó con cuidado por aquella espesa plantación de árboles y plantas que nada tenían que ver las unas con las otras; unas verdes, otras rosas y otra azules, todas muy bonitas pero seguro que venenosas o carnívoras, como todo en aquel lugar. Pero por mucho que caminara y caminara no había manera de salir de allí o encontrar al menos una pequeña casita de chocolate en una explanada. No había rastro de humanidad en absoluto, estaba sola... y demasiado acompañada a la vez. Ruidos, gruñidos, gritos extraños se escuchaban cada pocos pasos y Leire lo único que podía hacer era quedarse quieta, deseando que fuera ella la causante y no criaturas extrañas sueltas.
No fue hasta que tropezó con una raíz en el camino y cayó de rodillas al suelo que se dio cuenta de que ya no había luz y había llegado la noche. Por mucho que había caminado no había logrado averiguar nada, continuaba igual de perdida y asustada que al principio pero con una gran diferencia, ahora era una presa con una tasa de éxito del cien por cien de ser cazada.
-Mamá... -musitó al bode del llanto.
La echaba tantísimo de menos; cuando la tenía cerca no sé notaba pero ahora que estaba asustada y sola se daba cuenta de cuanto la necesitaba. Las lágrimas comenzaron a salir, al principio con moderación, pero después se habría podido llenar cubos y cubos con ellas.
Leire se sentó al pie de un tronco muy gordo y se quedó hecha un ovillo, temiendo a la oscuridad y a todo aquello que pareciese moverse o tentarla a salir corriendo.
A lo lejos se oía el rumor del agua corriendo rio abajo y unos grillos cantándole a la luna a coro con las ranas.

Bosque eterno,
susúrrame al oído
cual es la salida
de esta pesadilla.

La canción emergió de la tenebrosa noche como por arte de magia, iluminando, literalmente, un rincón cercano del bosque. Leire abrió los ojos, dejando el miedo atrás, para intentar identificar a la mujer que cantaba aquella triste canción.

Prisión bella,
revélame la verdad
como escapar
de la realidad.

La luz amarilla verdosa se fue haciendo cada vez más y más intensa y Leire por fin pudo percatarse de ella sin atribuírsela a una simple luciérnaga; debían de ser muchas porque una parte del bosque podía verse casi como a plena luz del día. Y la canción provenía de allí.

Vivo y nada más,
existo sin vivir.
Solo sé quien soy
pero no quien fui.

La niña se levantó sin despegar los ojos del hermoso y, sobretodo, misterioso resplandor. ¿De verdad eran luciérnagas? No lo parecía pero qué más podía ser sino...
Encandilada por la magia de aquel esplendor olvidó el miedo que la mantenía quieta junto al tronco del árbol y se levantó, dispuesta a descubrir qué era y quién cantaba.
Apartando ramas, hierbajos y forzando mucho la vista para no tropezar con piedras ni raíces, se fue aproximando poco a poco a la luz, siendo arrastrada por la canción. La voz de aquella mujer era dulce pero triste, parecía estar acariciando cada ser vivo del bosque con su voz y suplicándole a su vez que la ayudaran.

Ayúdame a escapar
del bosque sin verdad.
Quiero poder vivir,
muriendo al fin.

Sin titubear, Leire apartó la última rama que la separaba del pequeño claro donde crecía uno de los árboles más grandes que había visto jamás, con un tronco de 40 metros de alto y 15 de grosor. La copa del árbol estaba compuesta por miles de hojas anaranjadas, como si fuese otoño, con forma de estrella y, aunque aquello ya era impresionante de ver, lo que más dejó a Leire con la boca abierta fue la mujer que cantaba desde las raíces del colosal vegetal. A pesar de ser noche cerrada y que todo estuviese rodeado de oscuridad aquel pequeño recodo de bosque no dejaba de brillar, más bien, ella no dejaba de resplandecer. Los diminutos ojos de Leire no podían apartarse de aquella maravillosa e intensa luz amarillenta que emanaba de aquella misteriosa mujer sentada al pie del árbol.
Sin ser consciente de lo que hacía decidió acercarse, procurando ser lo más silenciosa posible pero, nunca se es más sigilosa que un hada.
-¿Quién anda ahí?
En cuanto la mujer desvió la vista hacia la niña y se irguió, dejó que sus dos enormes alas transparente se desplegasen a su espalda con majestuosidad, descubriendo de donde procedía aquel destello mágico que iluminaba el bosque.
Leire se quedó petrificada a escasos metros bajo la fría mirada de aquel ser fantástico.
Aquella sublime criatura del bosque era de una belleza inexpresable. Con aquellos grandes ojos amarillentos observaba el mundo de una manera especial y tan diferente al resto de mortales, Leire lo había notado y era incapaz de desviar la mirada de la de ella.
Abandonando el tronco del árbol, la mujer se levantó y se acercó a la pequeña niña que continuaba observándola con los ojos como platos, totalmente hechizada por su luz. Su larga melena pelirroja ondeaba en el viento sin que este corriera aquella noche entre la multitud de árboles extraños y solo las hojas de otoño de aquel en concreto bailaban al son de su cabellera. Su piel clara adquiría un color beige bajo la luz de sus enormes alas de tul y sus tatuajes dorados grabados en su piel, sobretodo en los brazos y la parte derecha de su rostro, palpitaban como si estuviesen vivos y necesitasen respirar.
-¿Quién eres pequeña?
Su voz era como el dulce aullido del viento a la luz de la luna, suave, fresco y relajante. Leire jamás pensó que nadie pudiese tener una voz tan preciosa, además de una belleza tan asombrosa.
Enseguida quiso contestar pero las palabras no le salían, estaba tan impresionada por la presencia de aquella criatura fantástica que no podía pensar en nada más que en cuestionarse si estaba todavía desmayada al pie de la pendiente por donde se había caído hacía apenas unas horas. Para Leire, era evidente que todo aquello no podía ser más que un sueño, las hadas no existían y aún menos un bosque como aquel lleno de animales hambrientos a pocos metros de un camping repleto de familias.
Arrastrando su largo vestido, confeccionado con hojas de diferentes marrones, rojos y naranjas, la mujer se acercó hasta ella y se agachó para ponerse a su nivel. No parecía un peligro, es más, Leire llegó a pensar que aquel hermoso ser podía ser su única salvación. En un lugar como aquel, lleno de depredadores por doquier, un hada mágica podría ayudarla a encontrar el camino de vuelta a casa en un santiamén.
-Pequeña -volvió a llamarla con aquella voz imposible de oír en el mundo de donde Leire venía-, ¿te has perdido?
La pequeña cogió todo el aire que pudo y por fin se envalentonó a contestar. Aunque fue tan solo un corto monosílabo, dos simples letras, aquella respuesta suya daría un gran giro a los acontecimientos.
-Sí.
Una reconfortante y amable sonrisa se dibujó en los labios de la joven que cogió a la niña de la mano para conducirla hasta la base del gran árbol otoñal.
-Puedo ayudarte a encontrar la salida.
-¡¿De verdad?!
-Por supuesto.
Leire creyó en sus bellas palabras y las buenas intenciones y se dejó conducir hasta la base del tronco, se sentó junto al ser mágico y esperó a que le explicara como volver a casa. Estaba convencida de que aquello sería coser y cantar hasta que un pero se interpuso como un gran barranco lo hace entre dos pedazos de tierra. La mujer quería algo a cambio y a Leire se le pusieron los pelos de punta. ¿Qué podía hacer ella por un ser mágico que podía cumplir deseos increíbles, tenía alas para volar y seguro que visión láser también?
-Tranquila -intentó calmarla ella al ver que las pupilas de Leire se habían encogido de una manera alarmante-, es algo muy sencillo.
-¿Cómo de sencillo? Solo soy una niña, no puedo hacer mucho.
El hada acarició un precioso collar de flores blancas que pendía de su cuello y miró a Leire con dulzura y tristeza, luego le apartó un mechón de pelo de la cara y se lo colocó tras la oreja.
-Me gustaría mucho que aceptaras esta guirnalda de flores, es muy especial para mí y me gustaría que fuera tuya.
Leire se quedó parada, aquella petición no le pareció nada razonable y no le parecía correcto aceptar un regalo de alguien que iba a ayudarla, sentía que estaba abusando de su amabilidad.
-Pero si es tan especial no creo que deba quedármela...
-Insisto.
-Pero...
-Si no te la quedas no te ayudaré a salir, es importante para mí que te la quedes tú.
Esta vez no pudo evitar mirar a la bella mujer con algo de desconfianza. A pesar de verla sonreír y quedar embelesada por su luz y hermosura estaba claro que algo extraño había en ella. No obstante, si solo con aquel insignificante gesto podía volver a casa estaba claro que no pensaba pensárselo dos veces.
-Está bien.
Con la mano extendida esperó a que le entregara la guirnalda de flores pero aquello no pasó, en su lugar la dulce hada se arrodilló ante ella y con la cabeza gacha le pidió que la cogiera por sí misma. Con la idea de volver a casa lo más pronto posible revoloteando en su cabeza, Leire no se hizo de rogar y la tomó con cuidado, separándola del suave cuello y dejando que los largos y sedoso mechones anaranjados se deslizaran por las blancas flores que la formaban.
-El camino que te sacará del bosque -empezó a explicarle mientras le arrebataba el collar de las manos y se lo ponía alrededor del cuello- está a una hora en esa dirección.
La pequeña se volvió hacia la oscuridad de su espalda y enseguida volvió a mirar a la bella mujer. Aunque su dedo apuntara en esa dirección y sus ojos no mintiesen no creía que aquel camino tan oscuro y tenebroso fuese el correcto.
-Te queda muy bien -la piropeó con una afable sonrisa en los labios.
Leire acarició su nuevo colgante de flores y lo contempló, sí que era precioso.
-Gracias.
-Será mejor que descanses esta noche aquí, mañana, cuando el sol salga, te acompañaré -se ofreció la mujer.
Leire asintió y se acurrucó bien contra el tronco. Allí, bajo la protección de aquella gran copa anaranjada y la luz tenue, le pareció que nada malo podría sucederle y no tardó nada en cerrar los ojos y sumirse en un profundo y placentero sueño.

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